De cuando conocí el Monumental U

Este texto de Gerardo Fernández, miembro del área de Marketing de Embajadur Crema, fue escogido en el concurso de crónicas realizado por la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional y publicado originalmente en su revista. Embajadur reproduce este conmovedor relato de amor crema en la infancia. Ahora, el autor ha traducido ese cariño en colaborar con este proyecto por el centenario soñado.  

(Ilustraciones por @falestin.granda)

80,093 personas. Solo a esa cantidad llega el aforo del Estadio Monumental. Digo “solo” porque esa cifra parece pequeña comparada con la cantidad de hinchas que tiene Universitario en el Perú y el mundo. Me parece aún más pequeña cuando me doy cuenta de que mi primer partido ahí, además de inaugurar el estadio, servía de coronación por el Torneo Apertura que Universitario acababa de obtener ganando de visita a más de 4,000 m.s.n.m., un triunfo tan agónico como poético por la forma en que se logró voltear el marcador: a punta de garra. Todos queríamos estar esa tarde en Ate.

En el camino, escuchábamos un viejo CD de Oscar de León que mi papá guardaba en la guantera. Yo solo pensaba en conocer el nuevo estadio de la U (incluso le había perdido el interés a mi cumpleaños, que era dos días después). De cualquier modo, ningún camino se me había hecho tan largo como el que me separaba del Monumental. En mi inocencia, aún no me daba cuenta que era el camino a seguir todas las semanas para ver al equipo crema de mis amores.

Dentro de mi inocencia de niño emocionado pensé que entrar al Monumental iba a ser más fácil de lo que había sido llegar hasta allá. Error. Las colas eran larguísimas y el sol lo hacía todo más tedioso. Poco a poco nos acercábamos a la entrada de la tribuna. En ese tiempo, mi papá y mi tío eran socios de la U, por eso pudimos comprar entradas para la tribuna occidente. Después de pasar el control, me sorprendió la variedad de aromas que se podían percibir: el clásico olor a canchita del estadio y los puestos de choripanes y hamburguesas que estaban en la entrada de la tribuna. Una señorita nos entregó globos y el folleto de alguna marca patrocinadora. Me pareció muy amable.

El Monumental de la U me parecía muy bonito de por sí, pero verlo lleno de camisetas cremas lo hacía aún más hermoso. Además, me hacía verlo imponente. Detrás de los palcos se apreciaba la figura de los cerros de Ate. Una prueba de que nadie se quería perder este partido es que ahí, en los cerros, se habían acomodado varios grupos de hinchas listos para presenciar el primer partido de Universitario en su nuevo estadio. Jamás había visto algo parecido. Para coronar el bellísimo ambiente que se vivía, en el cerro que se ubicaba detrás de la tribuna oriente, habían dibujado una U gigante.

Cuando por fin encontramos un lugar y nos ubicamos en las gradas, escuchamos parte de la ceremonia de inauguración y la premiación por el Torneo Apertura. Los jugadores, el comando técnico, trabajadores y directivos desfilaban por el campo mientras el anunciador los iba nombrando. Las ovaciones no se hicieron esperar para los flamantes ganadores del Apertura. Uno por uno fueron recibiendo su medalla, pero los más ovacionados por los hinchas fueron mis ídolos de la infancia: José Guillermo Del Solar, Gustavo Grondona y Óscar Ibáñez.

Inmediatamente, vi mi primera vuelta olímpica. El “Puma” recibió el trofeo y los jugadores comenzaron a desfilar por todo el contorno de la cancha dándole el mayor protagonismo, como debe de ser, a la tribuna norte. Todo el estadio comenzó a saltar. Contagiaban esa euforia a los jugadores, que también disfrutaban de la fiesta frente a la Trinchera Norte. Casualmente, en casi todas las canciones que conocía, se mencionaba la palabra “Norte”; sin embargo, en ese momento el estadio solo sabía dos palabras “Dale” y “Campeón”.

La espera para que los equipos salgan del vestuario después del calentamiento fue interminable.. Aún no sabía mucho de fútbol, pero sí sabía que los partidos contra Sporting Cristal y Alianza Lima se tenían que ganar sí o sí. Y claro, la U había sido recién coronado. Había argumentos para pensar en una victoria esa tarde. Los comentarios de los eruditos en la tribuna explicando las jugadas del equipo de Chale no se hicieron esperar, y por supuesto, tampoco se hicieron esperar los gritos de los que se acordaban hasta de los ancestros del árbitro.

Desde pequeño aprendí que cada hincha vive la emoción del partido a su manera y se veían muchas costumbres en la tribuna: algunos escuchaban la narración del partido por radio, otros sacaban de sus bolsillos comida que ingresaron bien escondida. No faltaban los que se acercaban al banco a pedirle un saludo a Chale, ni los que se ubicaban en la parte alta de la tribuna para tratar de interactuar con los comentaristas de Cable Mágico. En mi caso, mi atención se dividía entre el gran partido que se jugaba en la cancha y la locura que se vivía en la tribuna ubicada a mi lado izquierdo.

No pasaron muchos minutos hasta que se anotó el primer gol y pensé que el estadio se vendría abajo por el caos que se desató. Mi distracción no me dejó alertar que el “Puma” había lanzado un tremendo pase a la espalda de los defensas celestes y el goleador Eduardo Esidio se encargó de darnos la primera alegría del partido. La U se ponía 1-0 arriba. Mi papá y mi tío se pararon a celebrar como si alguien los hubiese empujado desde sus asientos. Segundos después, mi papá recordó que mi hermano y yo estábamos allí también y nos cargó para que podamos ver el espectáculo de globos y papel picado que se armó en las tribunas. Todo era felicidad.

Después de varios intentos más, el segundo gol llegó gracias a un joven Piero Alva. Esta vez no cometí el mismo error del primer gol y estuve atento a lo que venía aconteciendo en la cancha. Era el gol de la tranquilidad: la U se ponía 2-0 al final del primer tiempo y jugaba con uno más. El partido se fue al entretiempo y mi atención ahora volvía a aquellos aromas que había percibido cuando ingresé al estadio. Finalmente, mi papá accedió a mis caprichos y compró una bolsa de barquillos para compartir entre los cuatro mientras esperábamos la reanudación del encuentro.

El segundo tiempo fue muy friccionado, pero no le faltaron emociones. Esidio falló un penal que pudo haber sido el 3-0, pero el resultado era lo de menos para mí. La experiencia de haber estado en ese partido me marcó para siempre. Al final del encuentro, mi papá nos llevó corriendo al carro antes de que la multitud ocupe las pistas de regreso a casa.

De crema me vestí una tarde de julio, una tarde en forma de U. Debo agradecer a mi papá por hacerme hincha crema y haberme hecho vivir todas estas experiencias de niño. Hoy soy yo el que maneja hasta el estadio, pero aún nos sentamos juntos en la tribuna en compañía de mi hermano y ahora también de mi ahijada. En todos estos años aprendí que los valores de Universitario trascienden al fútbol. Llevar a la U en el pecho significa que puedes superar las adversidades, que debes tener sangre y pundonor en los momentos más decisivos y que rendirse nunca es una opción.

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